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martes, 17 de enero de 2012
viernes, 24 de diciembre de 2010
Reyerta en el Arenal
Lo que hoy vengo a relatar versa sobre lo acontecido en años mozos de nuestro adalid, en uno de los cafés murcianos más típicos de la época, “el Arenal”, sito en las proximidades de la que es hoy La Glorieta de España, por entonces también llamada “El Arenal”, lugar de tertulias y cafés, de corte liberal en la España de la Restauración.
Hallábase nuestro sin par, ya licenciado soldado, en uno de sus primeros permisos de fin de semana, disfrutando de un café mañanero en las mesas del indicado local cuando, entre el bullicio y demás ruidos del constante entrar y salir de gente, se empieza a oír una conversación que sube preocupantemente de volumen sobre las demás; a su vez, el tono pasa de ser cómico y burlesco a exageradamente hostil y agresivo. Para cuando todas las voces se habían callado y todas las miradas buscaban a sus conversadores, Don Carlos, como siempre hierático y frío, apuraba sus magdalenas sumergiéndolas vehementemente en el café con la cucharilla y de éste a la boca sin más trámite.
Terminada la conversación, de la que no nos hemos hecho eco por su grosería y vulgaridad, ambos contertulios, lugareños los dos, comerciante y tratante de ganado, se levantaron violentamente de sus sillas sacando una navaja de sus ropas. El resto de clientes del café, se levantaron de sus mesas apartándose lo máximo de la inminente pelea. Don Carlos, tras finalizar su reconfortante desayuno, y sin apenas inmutarse, se alzó despreocupadamente de su puesto, pese a no ser ajeno a la situación, y se dirigió a los combatientes antes de que empezaran las acometidas de las navajas. El hecho de que nuestro héroe portara todavía el uniforme y las insignias militares sirvió para que las gentes le permitieran moverse y acercarse a los exaltados sin obstaculizarle en lo más mínimo y con todo el respeto a la autoridad que representaban sus ropas.
Una vez puesto frente a ellos, y aún ignorado por éstos, Don Carlos alzó sus manos hasta aprehenderlos fuertemente de la pechera y levantarlos un palmo del suelo a la vez. Los lugareños no daban crédito a lo que estaban viendo y reaccionaron en un ¡ohhhhhhh! ensordecedor; por contra, los combatientes intentaban zafarse de sus fuertes manos en inútiles intentonas de desquite. Transcurridos unos segundos en la posición descrita la cara del joven Don Carlos empezó a ponerse roja brutalmente, sus ojos se abrieron al máximo y empezaban a desorbitarse, el miedo empezaba a palparse en el ambiente, su cabeza entera empezó a temblar, y al tiempo todo su cuerpo. Transcurridos unos segundos, y con la respiración contenida, Don Carlos empezó a abrir su boca temblorosa y lentamente, como si un algo fuera a salir de ella, y cuando llegó a su máxima apertura expelió un monumental erupto que dejó a todos sordos y peinó a los alzados. En su larga salida tuvo tiempo de mirar primero a uno y luego a otro hasta inyectarles un miedo fatal en el cuerpo.
Ni que decir tiene que la monumental bocanada del cálido aire eruptal provenía de lo más profundo de Don Carlos. Miles de partículas de magdalena y salivazos de café fueron expelidos a gran velocidad desde su boca en todas direcciones alcanzando a todos los allí congregados, y sobretodo, a los enfrentados lugareños que tardaron varios días en recobrar la visión completa de ambos ojos.
Una vez terminada la exhibición de almacenamiento torácico de aire Don Carlos soltó a los exaltados que no tardaron en salir corriendo de allí. Por contra, el resto de clientes del café lo miraban admirados y haciendo gestos de agradecida aprobación. Cuando se disponía a marcharse el dueño del local lo paró apoyando una de sus manos en su hombro e indicándole con el brazo hacía una mesa donde le esperaban un enorme tazón de café y nueve magdalenas calientes, hechas del día. Al dirigirlo hacia la silla le sonrió y le espetó ¡Invita la casa!.
Hallábase nuestro sin par, ya licenciado soldado, en uno de sus primeros permisos de fin de semana, disfrutando de un café mañanero en las mesas del indicado local cuando, entre el bullicio y demás ruidos del constante entrar y salir de gente, se empieza a oír una conversación que sube preocupantemente de volumen sobre las demás; a su vez, el tono pasa de ser cómico y burlesco a exageradamente hostil y agresivo. Para cuando todas las voces se habían callado y todas las miradas buscaban a sus conversadores, Don Carlos, como siempre hierático y frío, apuraba sus magdalenas sumergiéndolas vehementemente en el café con la cucharilla y de éste a la boca sin más trámite.
Terminada la conversación, de la que no nos hemos hecho eco por su grosería y vulgaridad, ambos contertulios, lugareños los dos, comerciante y tratante de ganado, se levantaron violentamente de sus sillas sacando una navaja de sus ropas. El resto de clientes del café, se levantaron de sus mesas apartándose lo máximo de la inminente pelea. Don Carlos, tras finalizar su reconfortante desayuno, y sin apenas inmutarse, se alzó despreocupadamente de su puesto, pese a no ser ajeno a la situación, y se dirigió a los combatientes antes de que empezaran las acometidas de las navajas. El hecho de que nuestro héroe portara todavía el uniforme y las insignias militares sirvió para que las gentes le permitieran moverse y acercarse a los exaltados sin obstaculizarle en lo más mínimo y con todo el respeto a la autoridad que representaban sus ropas.
Una vez puesto frente a ellos, y aún ignorado por éstos, Don Carlos alzó sus manos hasta aprehenderlos fuertemente de la pechera y levantarlos un palmo del suelo a la vez. Los lugareños no daban crédito a lo que estaban viendo y reaccionaron en un ¡ohhhhhhh! ensordecedor; por contra, los combatientes intentaban zafarse de sus fuertes manos en inútiles intentonas de desquite. Transcurridos unos segundos en la posición descrita la cara del joven Don Carlos empezó a ponerse roja brutalmente, sus ojos se abrieron al máximo y empezaban a desorbitarse, el miedo empezaba a palparse en el ambiente, su cabeza entera empezó a temblar, y al tiempo todo su cuerpo. Transcurridos unos segundos, y con la respiración contenida, Don Carlos empezó a abrir su boca temblorosa y lentamente, como si un algo fuera a salir de ella, y cuando llegó a su máxima apertura expelió un monumental erupto que dejó a todos sordos y peinó a los alzados. En su larga salida tuvo tiempo de mirar primero a uno y luego a otro hasta inyectarles un miedo fatal en el cuerpo.
Ni que decir tiene que la monumental bocanada del cálido aire eruptal provenía de lo más profundo de Don Carlos. Miles de partículas de magdalena y salivazos de café fueron expelidos a gran velocidad desde su boca en todas direcciones alcanzando a todos los allí congregados, y sobretodo, a los enfrentados lugareños que tardaron varios días en recobrar la visión completa de ambos ojos.
Una vez terminada la exhibición de almacenamiento torácico de aire Don Carlos soltó a los exaltados que no tardaron en salir corriendo de allí. Por contra, el resto de clientes del café lo miraban admirados y haciendo gestos de agradecida aprobación. Cuando se disponía a marcharse el dueño del local lo paró apoyando una de sus manos en su hombro e indicándole con el brazo hacía una mesa donde le esperaban un enorme tazón de café y nueve magdalenas calientes, hechas del día. Al dirigirlo hacia la silla le sonrió y le espetó ¡Invita la casa!.
viernes, 17 de diciembre de 2010
principios de siglo

La foto nos lleva a fecha incierta de principios de siglo XX. Como podemos advertir, el edificio (ni siquiera podemos llamarlo palacio) dista mucho de ser la morada de nuestro adalid. Y es que por aquella época nuestro Don Carlos no pasaba de ser un bajo y enjuto soldado de un atrasado ejercito "europeo". Corrían años de peligrosa agitación obrera. Un joven Alfonso XIII pronto sería coronado. Por aquel entonces profundo desconocedor de cuan valiosos podían ser los servicios y las virtudes de tan, por aquel entonces, insignificante soldado.
martes, 30 de noviembre de 2010
Felicidades, don Carlos
Nuestro querido don Caaarlos hoy cumple años. Es su voluntad que su longeva edad siga siendo desconocida para el público en general, misteriosa como hasta ahora. Como regalo al adalid, reproducimos aquí unos versos del inmortal Cervantes, que entendemos vienen a definir a la perfección a nuestro valedor.
Casto en los pensamientos,
honesto en las palabras,
generoso en las obras,
valiente en los hechos,
caritativo en las necesidades,
y mantenedor de la verdad,
aunque le cueste la vida el defenderla.
(Miguel de Cervantes)
Y como el día es especial, ofrecemos además un especial presente a nuestros lectores: una fotografía tomada a don Carlos en el día de hoy en una de las estancias del Parador. En este caso, disfrutando de una de sus pasiones, la pintura, y supervisando que todo esté en orden. El cuadro es un regalo que le ha enviado el señor don Jordi De Ciu-Viudes y de las Corvas, marqués del Montseny.
¡Repiquen las campanas!
¡Disparense salvas en su honor!
¡Loor y gloria al que Murcia todo debe!
¡Felicidades don Caaarlos!
¡Felicidades don Caaarlos!
miércoles, 17 de noviembre de 2010
La excelente puntería de don Carlos
Cual fue mi sorpresa ayer mañana cuando, al pasar por el hermoso Puente Viejo o de los Peligros y echar la vista allá donde el alma me la condujo, ví en hora inusual a nuestro adalid. Hallábase el anciano don Caaarlos perfectamente apostado en su balconada y pertrechado hasta los dientes del armamento siguiente:
- Fusil español Mauser, modelo 1893.
- Ametralladora italiana Fiat-Revelli, modelo 1914.
- Pistola española Astra 900
Para más inri, y para llenarse aún más de valor, y digo más porque esta virtud la posee de nacimiento, don Carlos había sacado del arcón su viejo uniforme de requeté, al tiempo que había ordenado izar la bandera patria que expusimos en capítulo anterior.
El motivo que indujo a nuestro héroe a tal actitud no es sino las molestias que le ocasionan, día tras día, hora tras hora, las innumerables palomas que, con sus arrullos, corrosivas cagadas y aleteos, perturban su paz y le exacerban enormemente.
No bastaron gritos y palmadas para ahuyentar a estas ratas del aire, que infectaban alerones, ventanas, balcones y techumbre del Parador del Rey. Ayer don Carlos no pudo maaaás y en menos de dos horas abatió 22 palomos adultos, 27 palomas hembras y 23 pichones. A cada diana, gritaba "¡una alimaaaña menos!" y daba un trago del considerado por muchos mejor coñac del mundo, el Louis XIII Perla Negra. Y aún hubiera liquidado más, de no ser porque llegaron las 12 del mediodía y por la posibilidad de asustar a los niños -inocentes criaturas a las que don Carlos tiene un cariño especial- ante su inminente salida de los colegios, cesó el fuego y retiróse a sus aposentos.
Marchó don Carlos de pie, pero a duras penas y dando tumbos, ayudado, dados los achaques y la ingesta del licor, por tres personas de su servicio. Al tiempo que se encaminaba hacia su camastro don Carlos iba pronunciando arengas militares indescifrables y recibía, eso sí, con los brazos en alto, la sonora y unánime ovación de todos cuantos allí nos congregábamos y llorábamos.
- Fusil español Mauser, modelo 1893.
- Ametralladora italiana Fiat-Revelli, modelo 1914.
- Pistola española Astra 900
Para más inri, y para llenarse aún más de valor, y digo más porque esta virtud la posee de nacimiento, don Carlos había sacado del arcón su viejo uniforme de requeté, al tiempo que había ordenado izar la bandera patria que expusimos en capítulo anterior.
El motivo que indujo a nuestro héroe a tal actitud no es sino las molestias que le ocasionan, día tras día, hora tras hora, las innumerables palomas que, con sus arrullos, corrosivas cagadas y aleteos, perturban su paz y le exacerban enormemente.
No bastaron gritos y palmadas para ahuyentar a estas ratas del aire, que infectaban alerones, ventanas, balcones y techumbre del Parador del Rey. Ayer don Carlos no pudo maaaás y en menos de dos horas abatió 22 palomos adultos, 27 palomas hembras y 23 pichones. A cada diana, gritaba "¡una alimaaaña menos!" y daba un trago del considerado por muchos mejor coñac del mundo, el Louis XIII Perla Negra. Y aún hubiera liquidado más, de no ser porque llegaron las 12 del mediodía y por la posibilidad de asustar a los niños -inocentes criaturas a las que don Carlos tiene un cariño especial- ante su inminente salida de los colegios, cesó el fuego y retiróse a sus aposentos.
Marchó don Carlos de pie, pero a duras penas y dando tumbos, ayudado, dados los achaques y la ingesta del licor, por tres personas de su servicio. Al tiempo que se encaminaba hacia su camastro don Carlos iba pronunciando arengas militares indescifrables y recibía, eso sí, con los brazos en alto, la sonora y unánime ovación de todos cuantos allí nos congregábamos y llorábamos.
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| Don Carlos, en retrato de época, vestido de requeté |
lunes, 1 de noviembre de 2010
Invierno en el Parador
Llegan los vientos y empiezan a bajar las temperaturas. Un invierno más para Don Carlos. O un invierno menos, según se mire. Quejumbroso y tosigoso aparta la cortina de su dormitorio para lanzar su mirada a la calle y a sus transeuntes. Las miradas que por defecto se alzan al Parador y le encuentran se llenan de gratitud y satisfacción, cual regalo del cielo.
No está permitido, ni tampoco es del agrado de don Carlos, detenerse o asombrarse más de lo necesario cuando uno se cruza con la mirada de nuestro adalid.
El invierno en el Parador no es óbice para que el personal que asiste a Don Carlos se uniforme invernalmente sin su consentimiento. Nuestro sabio protector cierra cada año innumerables contratos con las compañías electricas y del gas para caldear todas las estancias del Parador y que sea tan confortable como en cualquier otra estación. Así es nuestro adalid. Siempre cuidando por los que le rodean. A veces es dificil saber quien cuida a quien. (El firmante de estas palabras se permite la confianza con el lector de advertirle de que dos inmensas lágrimas le recorren las mejillas; y es que, las emociones le vencen cuando piensa en el que desde su torre nos mira).
No está permitido, ni tampoco es del agrado de don Carlos, detenerse o asombrarse más de lo necesario cuando uno se cruza con la mirada de nuestro adalid.
El invierno en el Parador no es óbice para que el personal que asiste a Don Carlos se uniforme invernalmente sin su consentimiento. Nuestro sabio protector cierra cada año innumerables contratos con las compañías electricas y del gas para caldear todas las estancias del Parador y que sea tan confortable como en cualquier otra estación. Así es nuestro adalid. Siempre cuidando por los que le rodean. A veces es dificil saber quien cuida a quien. (El firmante de estas palabras se permite la confianza con el lector de advertirle de que dos inmensas lágrimas le recorren las mejillas; y es que, las emociones le vencen cuando piensa en el que desde su torre nos mira).
miércoles, 1 de septiembre de 2010
Nota necrológica
Durante estos días, la preciosa bandera española, que mostramos en un post anterior y que don Carlos ordenó colocar en la balconada del Parador desde los días victoriosos del mundial de fútbol, ondea a media asta y luce un crespón negro en señal de luto.
Don Carlos, nuestro paladín, se halla muy entristecido con el reciente fallecimiento de don Carlos-Hugo de Borbón y Parma, el último heredero de la dinastía carlista y legítimo pretendiente a la Corona de España. D.E.P.
Don Carlos, nuestro paladín, se halla muy entristecido con el reciente fallecimiento de don Carlos-Hugo de Borbón y Parma, el último heredero de la dinastía carlista y legítimo pretendiente a la Corona de España. D.E.P.
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miércoles, 4 de agosto de 2010
Sucedió en agosto (2ª parte)
Como sobre alfombra de pétalos que cubriera la ciudad, don Caaarlos fue llevado por cientos de manos alzadas para que no tocara el suelo, majestuoso, elevado, hasta el templo catedralicio; una vez allí fue puesto en pie ante los restos de Alfonso X. Postrose, rezó y pronunció unas breves palabras, para terminar ofrendando uno de sus sables campeadores al Rey Sabio, mientras el pueblo lloraba de emoción.
No se recuerda cosa semejante. Por poner un ejemplo, por la calle Trapería no cabía un alma desde la Plaza de la Cruz hasta la de Sto. Domingo. Imagínense ustedes la salida de nuestro campeón por la puerta del Perdón -recuerde el lector que dicho portón sólo se abre en ocasión de grandes solemnidades-. Al tiempo que la banda de música de Guadalupe (convocada y reunida rápidamente al efecto en cuestión de minutos) iniciaba los sones de nuestro himno patrio o marcha real, el gentío estallaba en una ovación que dicen se escuchó hasta en Cartagena. Terminado el espontáneo pero emotivo acto, y sin que sus pies salvíficos tocaran tierra, hiératico y majestuoso, el adalid fue depositado en su lecho de gloria en el Parador donde se entregó en los brazos de Morfeo.
Ese día, ajeno a lo que iba a suceder nuestro valedor despertó a las 12 del mediodía de un sueño reparador. Levantose como nuevo, sintiose rejuvenecido -¡y quien no!- ante la muestra de cariño recibida el día anterior por Muuurcia, y tras la exhibición de destrezas realizada en el tejado. Pero, ¡ay lector! Si quieres buena fama, no te dé el sol en la cama.
A las 7 de la taaarde ese día, más de lo mismo: más aglomeración de admiradores si cabe (se corrió la voz como pólvora del espectáculo del día anterior) y nuevos desmayos y asistencias. Pero don Caaarlos no salió y la multitud tuvo que contentarse con el consabido replicante mecanizado. ¿Qué ocurrió, pues? No le haré sufrir más de impaciencia e ipso facto le desvelaré por qué no apareció esa tarde nuestro adalid.
Ese día hizo un calor de los de Murcia en primavera. 40º C a la sombra a las 4 de la tarde. Con lo que Murcia estaba desierta a la hora de la siesta. Así que pocos se enteraron de lo que ocurrió. No así el propietario de una pensión cercana de la plaza de Camachos, que a esa hora intempestiva acertaba a pasar por el Puente de los Peligros por no sé qué recado inaplazable. Él contó luego a las 7 en la puntual cita a todos los congregados que se temía que don Caaarlos no iba a aparecer.
Y es que a dicha hora de la siesta, las 4 en punto, se entregaba en mano al héroe la factura de la reparación de la techumbre del Parador que se había realizado por la mañana mientras él dormitaba. El aprovechado obrero quiso sacar tajada y le cobró la reparación de las 237 tejas rotas por un ojo de la cara. El grito de cólera de don Caaarlos fue de órdago, a lo que siguieron una serie de exabruptos que no vamos a proferir aquí. La excitación y los nervios fueron a mayores, y pronto los alaridos derivaron en golpes, y éstos en peligrosas convulsiones.
El dueño de la pensión, ante el escándalo, tuvo por bien acercarse a ver qué pasaba, y rápidamente fue requerido para colaborar en la inmovilización de don Caaarlos junto con 13 personas más del servicio, recibiendo un puñetazo en la cepa de la oreja del con razón de sobra enojado, que a punto estuvo de dejarlo como Van Gogh. A las 7 de la tarde en el puente, contaba la historia y orgulloso mostraba y probaba la lesión (en forma de cardenal que llegaba de oreja a boca), repitiendo sin cesar: "¡Me lo hizo él, me lo hizo él!".
Don Caaarlos pagó diligentemente la factura, pues no es él persona incumplidora de obligaciones. A los dos días de la citada crisis epiléptica y la oportuna sedación, se levantó y en la misma cama pronunció recurrente en voz alta: "Siempre es mejor tener más que menos. Excepto si lo que se tiene son deudas". Mandó llamar al obrero tramposo y le pagó los honorarios pedidos, pero exclusivamente en monedas de céntimo de Alfonso XIII, haciéndole salir del Parador inmediatamente, cargado con la abultada bolsa de monedas, avergonzado e insultado por las gentes de bien; y obligado a trasladarse un mes más tarde al Ferrol, donde empezó a trabajar bajo el agua pues se hizo buzo, ya que ningún alma de bien en Murcia le volvió a encargar trabajo alguno.
No se recuerda cosa semejante. Por poner un ejemplo, por la calle Trapería no cabía un alma desde la Plaza de la Cruz hasta la de Sto. Domingo. Imagínense ustedes la salida de nuestro campeón por la puerta del Perdón -recuerde el lector que dicho portón sólo se abre en ocasión de grandes solemnidades-. Al tiempo que la banda de música de Guadalupe (convocada y reunida rápidamente al efecto en cuestión de minutos) iniciaba los sones de nuestro himno patrio o marcha real, el gentío estallaba en una ovación que dicen se escuchó hasta en Cartagena. Terminado el espontáneo pero emotivo acto, y sin que sus pies salvíficos tocaran tierra, hiératico y majestuoso, el adalid fue depositado en su lecho de gloria en el Parador donde se entregó en los brazos de Morfeo.
Ese día, ajeno a lo que iba a suceder nuestro valedor despertó a las 12 del mediodía de un sueño reparador. Levantose como nuevo, sintiose rejuvenecido -¡y quien no!- ante la muestra de cariño recibida el día anterior por Muuurcia, y tras la exhibición de destrezas realizada en el tejado. Pero, ¡ay lector! Si quieres buena fama, no te dé el sol en la cama.
A las 7 de la taaarde ese día, más de lo mismo: más aglomeración de admiradores si cabe (se corrió la voz como pólvora del espectáculo del día anterior) y nuevos desmayos y asistencias. Pero don Caaarlos no salió y la multitud tuvo que contentarse con el consabido replicante mecanizado. ¿Qué ocurrió, pues? No le haré sufrir más de impaciencia e ipso facto le desvelaré por qué no apareció esa tarde nuestro adalid.
Ese día hizo un calor de los de Murcia en primavera. 40º C a la sombra a las 4 de la tarde. Con lo que Murcia estaba desierta a la hora de la siesta. Así que pocos se enteraron de lo que ocurrió. No así el propietario de una pensión cercana de la plaza de Camachos, que a esa hora intempestiva acertaba a pasar por el Puente de los Peligros por no sé qué recado inaplazable. Él contó luego a las 7 en la puntual cita a todos los congregados que se temía que don Caaarlos no iba a aparecer.
Y es que a dicha hora de la siesta, las 4 en punto, se entregaba en mano al héroe la factura de la reparación de la techumbre del Parador que se había realizado por la mañana mientras él dormitaba. El aprovechado obrero quiso sacar tajada y le cobró la reparación de las 237 tejas rotas por un ojo de la cara. El grito de cólera de don Caaarlos fue de órdago, a lo que siguieron una serie de exabruptos que no vamos a proferir aquí. La excitación y los nervios fueron a mayores, y pronto los alaridos derivaron en golpes, y éstos en peligrosas convulsiones.
El dueño de la pensión, ante el escándalo, tuvo por bien acercarse a ver qué pasaba, y rápidamente fue requerido para colaborar en la inmovilización de don Caaarlos junto con 13 personas más del servicio, recibiendo un puñetazo en la cepa de la oreja del con razón de sobra enojado, que a punto estuvo de dejarlo como Van Gogh. A las 7 de la tarde en el puente, contaba la historia y orgulloso mostraba y probaba la lesión (en forma de cardenal que llegaba de oreja a boca), repitiendo sin cesar: "¡Me lo hizo él, me lo hizo él!".
Don Caaarlos pagó diligentemente la factura, pues no es él persona incumplidora de obligaciones. A los dos días de la citada crisis epiléptica y la oportuna sedación, se levantó y en la misma cama pronunció recurrente en voz alta: "Siempre es mejor tener más que menos. Excepto si lo que se tiene son deudas". Mandó llamar al obrero tramposo y le pagó los honorarios pedidos, pero exclusivamente en monedas de céntimo de Alfonso XIII, haciéndole salir del Parador inmediatamente, cargado con la abultada bolsa de monedas, avergonzado e insultado por las gentes de bien; y obligado a trasladarse un mes más tarde al Ferrol, donde empezó a trabajar bajo el agua pues se hizo buzo, ya que ningún alma de bien en Murcia le volvió a encargar trabajo alguno.
lunes, 2 de agosto de 2010
Sucedió en agosto
En las tórridas tardes de agosto los incondicionales de Don Caaarlos no se acobardan en acudir, fieles a su cita, al Parador del Rey, a las siete en punto de la tarde. Don Caaarlos, que no es ajeno al sacrificio y a las incomodidades asumidas por sus acólitos, y siempre sabedor de que en esos hogares no llegará la alegría diaria de vivir hasta que sus miembros no asistan a la cita, se colma de gracia y de dicha y tiene a bien participar a sus hijos (como frecuentemente los llama) de la sombra y el frescor de algunas de las múltiples estancias del Parador, a fin de hacerles más confortable la espera.
En algunas ocasiones Don Caaarlos ha autorizado el baño en las riberas próximas del río, desde las que se puede contemplar la balconaaada del saludo del Parador del Rey. Las inevitables mordeduras de rata, las picaduras de insectos y otras secuelas derivadas de la putridez de los vertidos que arrastran las aguas a su paso por la Ciudad, son asumidas por sus incondicionales como insignificante sacrificio sin parangón con los que Don Carlos soportó protegiendo la Ciudad y a su Rey.
Es intención del escribiente traer a la memoria de los murcianos que lo vivieron y al conocimiento de las nuevas generaciones de murcianos el episodio vivido en el caluroso verano de 1923. Tal mes de agosto como este, en su tercer domingo, encontrándose el puente y sus inmediaciones a rebosar de sudorosos seguidores que esperaban ansiosos a Don Caaarlos. Con un calor de justicia, la multitud se agolpaba expectante llegando de todas direcciones; el jardín Floridablanca, a modo de campamento, había sido habilitado por la Policía como hospital de campaña para atender los cientos de desfallecimientos y demás incidentes que tal aglomeración de personas causaba. Conforme se acercaba la hora magnífica se hicieron correr entre la multitud cántaros con agua fresca y barras de hielo para combatir la sed y el calor de cuantos allí se reunían, evitando, por ende, el continuo ritmo de desfallecimientos por el calor.
A las siete y media de aquella tarde ni una cortina de la balconada del saludo se había descorrido siquiera. La gente se impacientaba a la vez que la preocupación por un posible quebranto en la salud de Don Caaarlos empezaba a hacer mella en muchos. Pero la espera mereció la pena, a las ocho y cuarenta minutos un ventanuco del tejado se abría bruscamente. Un silencio sepulcral se hizo entre las gentes que observantes trataban de adivinar que pasaba tras del mismo. Al minuto, un enfermero vestido de blanco, y de todos conocido, salía con dificultad del ventanuco y trepaba a gatas por el tejado hasta llegar a la parte más alta, apoyándose en la torre del homenaje se levantó y caminó con precaución por el otro agua del tejado. Al poco, habiendo desaparecido el enfermero de la escena, se oyeron unos gritos y el impacto de tejas al romperse contra el suelo; la gente se miraba con asombro, e instantes después, una risa locuela que nadie dudó que era de Don Caaarlos se escuchaba cada vez más próxima.
No puede hacerse el lector una idea, ni tan solo aproximada, de la sensación y la ansiedad de la gente que aguardaba expectante la resolución de lo escuchado hasta el momento.
Efectivamente, precedido de un ruido propio del crujir de tejas, apareció Don Carlos en su pesada silla de ruedas de plomo cromado a gran velocidad (pesa más de cien kilos y fue especialmente hecha para Don Carlos a fin de darle estabilidad y que no vuelque nunca). Como propulsado por una fuerza demoníaca recorría el tejado con una risa alocada y la mirada totalmente perdida. La multitud alzaba sus brazos y gritaba alocada. La silla descendía por el tejado y ganaba velocidad casi a la par. La multitud gritaba un nooooo!!!!!!!!! ensordecedor al ver el pronto final del tejado y de la carrera de Don Caaarlos. Éste, ya un metro del final, saludaba a sus fieles con una mano y con la otra cruzaba una barra de hierro sobre los radios de una de las ruedas inmovilizándola por completo y provocando un quiebre perfecto, más propio de un experimentado esquiador, justo en el momento preciso.

Jardinero de Don Carlos viendolo a toda carrera por el tejado
Con la silla detenida, aunque de espaldas a la caida, las gente resopló y descanso de la ansiedad y nervios vividos hasta el momento. Hasta catorce infartos fueron atendidos en el Jardín Floridablanca por los médicos desplazados para atender a la población murciana.
Para colofón de todo este episodio diré que tras detener la silla de un giro en seco y a una velocidad endiablada, con una pericia inigualable, Don Carlos alzó sus dos manos para ser ovacionado por su público. Éste, como no podía ser de otra manera, se deshizo en ovaciones, vítores y aplausos. Con lo que no contaba nuestro adalid, o quizá así lo quiso, quien sabe, era con que la silla quedó al límite mismo del tejado y de espaldas a la caida. Dos segundos fueron necesarios para que la ruedas girasen y Don Carlos cayera de espaldas a la multitud, con silla incluida. La gente atrapó a Don Carlos evitando así una auténtica catástrofe para la ciudad. No corrió la misma suerte la pesada silla que reventó a cuatro ciudadanos en su primer impacto y tras el primer bote en el suelo a otros cuatro más que se hallaban próximos; dejando, además, a catorce heridos, varios de ellos de gravedad. Días después de esto los ciudadanos afectados exhibían cual medallas o trofeos sus heridas y cicatrices de la silla. En un periódico de la época he llegado a ver un hombre con un radio de rueda que le atravesaba la oreja y una aleta de la nariz.
Termino diciendo que tras el rescate de Don Caaarlos por una apasionada multitud, fue conducido, sin tocar el suelo, y de mano en mano, hasta la mismisima Catedral, pues hasta allí llegaban sus seguidores, y vuelto a traer al Parador.
En algunas ocasiones Don Caaarlos ha autorizado el baño en las riberas próximas del río, desde las que se puede contemplar la balconaaada del saludo del Parador del Rey. Las inevitables mordeduras de rata, las picaduras de insectos y otras secuelas derivadas de la putridez de los vertidos que arrastran las aguas a su paso por la Ciudad, son asumidas por sus incondicionales como insignificante sacrificio sin parangón con los que Don Carlos soportó protegiendo la Ciudad y a su Rey.
Es intención del escribiente traer a la memoria de los murcianos que lo vivieron y al conocimiento de las nuevas generaciones de murcianos el episodio vivido en el caluroso verano de 1923. Tal mes de agosto como este, en su tercer domingo, encontrándose el puente y sus inmediaciones a rebosar de sudorosos seguidores que esperaban ansiosos a Don Caaarlos. Con un calor de justicia, la multitud se agolpaba expectante llegando de todas direcciones; el jardín Floridablanca, a modo de campamento, había sido habilitado por la Policía como hospital de campaña para atender los cientos de desfallecimientos y demás incidentes que tal aglomeración de personas causaba. Conforme se acercaba la hora magnífica se hicieron correr entre la multitud cántaros con agua fresca y barras de hielo para combatir la sed y el calor de cuantos allí se reunían, evitando, por ende, el continuo ritmo de desfallecimientos por el calor.
A las siete y media de aquella tarde ni una cortina de la balconada del saludo se había descorrido siquiera. La gente se impacientaba a la vez que la preocupación por un posible quebranto en la salud de Don Caaarlos empezaba a hacer mella en muchos. Pero la espera mereció la pena, a las ocho y cuarenta minutos un ventanuco del tejado se abría bruscamente. Un silencio sepulcral se hizo entre las gentes que observantes trataban de adivinar que pasaba tras del mismo. Al minuto, un enfermero vestido de blanco, y de todos conocido, salía con dificultad del ventanuco y trepaba a gatas por el tejado hasta llegar a la parte más alta, apoyándose en la torre del homenaje se levantó y caminó con precaución por el otro agua del tejado. Al poco, habiendo desaparecido el enfermero de la escena, se oyeron unos gritos y el impacto de tejas al romperse contra el suelo; la gente se miraba con asombro, e instantes después, una risa locuela que nadie dudó que era de Don Caaarlos se escuchaba cada vez más próxima.
No puede hacerse el lector una idea, ni tan solo aproximada, de la sensación y la ansiedad de la gente que aguardaba expectante la resolución de lo escuchado hasta el momento.
Efectivamente, precedido de un ruido propio del crujir de tejas, apareció Don Carlos en su pesada silla de ruedas de plomo cromado a gran velocidad (pesa más de cien kilos y fue especialmente hecha para Don Carlos a fin de darle estabilidad y que no vuelque nunca). Como propulsado por una fuerza demoníaca recorría el tejado con una risa alocada y la mirada totalmente perdida. La multitud alzaba sus brazos y gritaba alocada. La silla descendía por el tejado y ganaba velocidad casi a la par. La multitud gritaba un nooooo!!!!!!!!! ensordecedor al ver el pronto final del tejado y de la carrera de Don Caaarlos. Éste, ya un metro del final, saludaba a sus fieles con una mano y con la otra cruzaba una barra de hierro sobre los radios de una de las ruedas inmovilizándola por completo y provocando un quiebre perfecto, más propio de un experimentado esquiador, justo en el momento preciso.

Jardinero de Don Carlos viendolo a toda carrera por el tejado
Con la silla detenida, aunque de espaldas a la caida, las gente resopló y descanso de la ansiedad y nervios vividos hasta el momento. Hasta catorce infartos fueron atendidos en el Jardín Floridablanca por los médicos desplazados para atender a la población murciana.
Para colofón de todo este episodio diré que tras detener la silla de un giro en seco y a una velocidad endiablada, con una pericia inigualable, Don Carlos alzó sus dos manos para ser ovacionado por su público. Éste, como no podía ser de otra manera, se deshizo en ovaciones, vítores y aplausos. Con lo que no contaba nuestro adalid, o quizá así lo quiso, quien sabe, era con que la silla quedó al límite mismo del tejado y de espaldas a la caida. Dos segundos fueron necesarios para que la ruedas girasen y Don Carlos cayera de espaldas a la multitud, con silla incluida. La gente atrapó a Don Carlos evitando así una auténtica catástrofe para la ciudad. No corrió la misma suerte la pesada silla que reventó a cuatro ciudadanos en su primer impacto y tras el primer bote en el suelo a otros cuatro más que se hallaban próximos; dejando, además, a catorce heridos, varios de ellos de gravedad. Días después de esto los ciudadanos afectados exhibían cual medallas o trofeos sus heridas y cicatrices de la silla. En un periódico de la época he llegado a ver un hombre con un radio de rueda que le atravesaba la oreja y una aleta de la nariz.
Termino diciendo que tras el rescate de Don Caaarlos por una apasionada multitud, fue conducido, sin tocar el suelo, y de mano en mano, hasta la mismisima Catedral, pues hasta allí llegaban sus seguidores, y vuelto a traer al Parador.
domingo, 18 de julio de 2010
La furia española de don Carlos
La final del mundial de fútbol en EL PARADOR DEL REY fue vivido con especial entusiasmo y cariño por todos (personal sanitario, asistentes personales y el servicio en general), incluyéndose nuestro adalid.
Con lo que no se contaba, y que le hace entrañable y a toda vista diferente, es con el exacerbado e insofocable entusiasmo de Don Caaaarlos. Tanto es así que en la madrugada del día de marras, nuestro sin par, acuciado de unas fiebres insoportables y los delirios a los que nos tiene acostumbrados, tuvo a deseo que le hicieran bajar a la calle, con sus piernas entablilladas (a fin de poder ir derecho), con su uniforme de gala y todas sus condecoraciones militares, y montado en una carretilla para el transporte de cajas y paquetes. Huelga decir que mandó a su mayordomo que le sujetara el brazo y la muñeca con escuadras y otros útiles de carpintería (para conservar en todo momento la pose del saludo militar). Así la escena, mandó a dos de sus múltiples ayudantes, ataviados igualmente de traje militar (en calidad de cabos furrieles), llevarle cada uno de un larguero de la carretilla, propulsado a ritmo; pero no a cualquier ritmo, sino al de las marchas militares que iba cantando “a capela” el mayordomo, delante de la comitiva, igualmente provisto de traje militar (en calidad de sargento) y de la bandera de España, en una mano; y la del ejercito de Don Caaarlos, en la otra.
Se hizo desfilar nuestro adalid por los monumentos y estancias más emblemáticos de la Región, siempre en pie en su carretilla, y con las músicas que tanto han significado para él.
A su llegada a la Catedral, al Puerto de Cartagena, a la Rueda de la Ñora, al museo Salzillo, a la Santa de Totana, los distintos municipios acompañaban a Don Caaaarlos con sus bandas de música, para dar calor y fuerza a la comitiva en su peregrinar por la Región. Como es de suponer, toda la corte de Secretarios de Don Caaarlos (unos sesenta), van avisando oportunamente a los distintas Autoridades Municipales, sanitarias y cuerpos de seguridad del Estado, de la llegada de Don Caaaarlos, hábilmente seguido por satélite, para que preparen la bienvenida y se dispongan a cualesquiera que sean sus requerimientos.
El desfile, que debía centrarse en una sola noche según Don Caaaarlos, se prolongó a toda la semana, dada la ambición de llegar a todos los lugares de la Región, y a que no quiso en modo alguno ayudarse de automóviles ni vehículos de tracción animal en ningún momento. Hemos de destacar que el coste humano de la empresa fue muy numeroso (cinco mayordomos titulares y dos en prácticas tuvieron que ser hospitalizados, cuatro de ellos afónicos de por vida; los ayudantes fueron sustituidos hasta en veintitrés ocasiones, diez de ellos desfallecieron en la marcha, el resto de los sustituidos tendrán que guardar reposo durante 4 meses, totalmente inmovilizados). Pese a todo, un solo sentimiento inunda los corazones de cuantos participaron en el séquito de la Gloria de la Selección, ORGULLO Y ETERNO AGRADECIMIENTO.
Con lo que no se contaba, y que le hace entrañable y a toda vista diferente, es con el exacerbado e insofocable entusiasmo de Don Caaaarlos. Tanto es así que en la madrugada del día de marras, nuestro sin par, acuciado de unas fiebres insoportables y los delirios a los que nos tiene acostumbrados, tuvo a deseo que le hicieran bajar a la calle, con sus piernas entablilladas (a fin de poder ir derecho), con su uniforme de gala y todas sus condecoraciones militares, y montado en una carretilla para el transporte de cajas y paquetes. Huelga decir que mandó a su mayordomo que le sujetara el brazo y la muñeca con escuadras y otros útiles de carpintería (para conservar en todo momento la pose del saludo militar). Así la escena, mandó a dos de sus múltiples ayudantes, ataviados igualmente de traje militar (en calidad de cabos furrieles), llevarle cada uno de un larguero de la carretilla, propulsado a ritmo; pero no a cualquier ritmo, sino al de las marchas militares que iba cantando “a capela” el mayordomo, delante de la comitiva, igualmente provisto de traje militar (en calidad de sargento) y de la bandera de España, en una mano; y la del ejercito de Don Caaarlos, en la otra.
Se hizo desfilar nuestro adalid por los monumentos y estancias más emblemáticos de la Región, siempre en pie en su carretilla, y con las músicas que tanto han significado para él.
A su llegada a la Catedral, al Puerto de Cartagena, a la Rueda de la Ñora, al museo Salzillo, a la Santa de Totana, los distintos municipios acompañaban a Don Caaaarlos con sus bandas de música, para dar calor y fuerza a la comitiva en su peregrinar por la Región. Como es de suponer, toda la corte de Secretarios de Don Caaarlos (unos sesenta), van avisando oportunamente a los distintas Autoridades Municipales, sanitarias y cuerpos de seguridad del Estado, de la llegada de Don Caaaarlos, hábilmente seguido por satélite, para que preparen la bienvenida y se dispongan a cualesquiera que sean sus requerimientos.
El desfile, que debía centrarse en una sola noche según Don Caaaarlos, se prolongó a toda la semana, dada la ambición de llegar a todos los lugares de la Región, y a que no quiso en modo alguno ayudarse de automóviles ni vehículos de tracción animal en ningún momento. Hemos de destacar que el coste humano de la empresa fue muy numeroso (cinco mayordomos titulares y dos en prácticas tuvieron que ser hospitalizados, cuatro de ellos afónicos de por vida; los ayudantes fueron sustituidos hasta en veintitrés ocasiones, diez de ellos desfallecieron en la marcha, el resto de los sustituidos tendrán que guardar reposo durante 4 meses, totalmente inmovilizados). Pese a todo, un solo sentimiento inunda los corazones de cuantos participaron en el séquito de la Gloria de la Selección, ORGULLO Y ETERNO AGRADECIMIENTO.
sábado, 17 de julio de 2010
Los huevos hacen... (parte 2)
Hablábamos, a propósito de Georgie Dan, del macho cantor de cabellera engatusadora, de pelucón conquistador. Y hay uno de esta especie de playboys a extinguir que no podemos olvidar. Todo un galán que, al igual que ocurre con el pelaje en la espalda del gorila macho dominante, luce canas en las sienes al estilo Felipe González (otro dominador nato) para demostrar superioridad.
Los movimientos de caderas, con un estilo propio que reinterpreta al rey del rock Elvis, no son sino una escenificación de las seductoras y viriles acometidas de la cópula. Despiertan entre las féminas gritos de pasión. La monta del macho es pedida por todo el conjunto de hembras, a base de griterío y lanzamiento de todo tipo de flores. Es la disputa por el apareamiento con el macho alfa, el que dotará a la prole de los mejores genes.
El machote, que sabe de su poder, se pone bravucón, se pavonea. (Léase título del tema musical) y acrecienta el ritmo de sus movimientos al tiempo que lanza potentes gritos guerreros.
Por último atento, oh lector, a un último detalle. Todos sabemos lo que para Freud simbolizaba la flor en el lenguaje onírico. En el documento la dama, doncella o casada, con la tirada floral no hace sino decirle al rey de la especie: "Aquí tienes mis vergüenzas, te las arrojo a la cara. ¡Me entrego toda!"
Veamos el video demostrativo de otro grande. Jose Luis Rodríguez "el puma".
Los movimientos de caderas, con un estilo propio que reinterpreta al rey del rock Elvis, no son sino una escenificación de las seductoras y viriles acometidas de la cópula. Despiertan entre las féminas gritos de pasión. La monta del macho es pedida por todo el conjunto de hembras, a base de griterío y lanzamiento de todo tipo de flores. Es la disputa por el apareamiento con el macho alfa, el que dotará a la prole de los mejores genes.
El machote, que sabe de su poder, se pone bravucón, se pavonea. (Léase título del tema musical) y acrecienta el ritmo de sus movimientos al tiempo que lanza potentes gritos guerreros.
Por último atento, oh lector, a un último detalle. Todos sabemos lo que para Freud simbolizaba la flor en el lenguaje onírico. En el documento la dama, doncella o casada, con la tirada floral no hace sino decirle al rey de la especie: "Aquí tienes mis vergüenzas, te las arrojo a la cara. ¡Me entrego toda!"
Veamos el video demostrativo de otro grande. Jose Luis Rodríguez "el puma".
domingo, 11 de julio de 2010
La música de don Carlos 1
Iniciamos al día de hoy una entrega, espero que rica en entregas y enriquecedora para usted, oh estimado lector, de la música que gusta escuchar a don Carlos.
Isabel y Fernando
En pié, camaradas, y siempre adelante,
cantemos el himno de la juventud,
el himno que canta la España gigante
que sacude el yugo de la esclavitud.
De Isabel y Fernando
el espíritu impera
moriremos besando
la sagrada bandera.
Nuestra España gloriosa
nuevamente ha de ser
la nación poderosa
que jamás dejó de vencer.
El sol de justicia de una nueva era,
radiante amanece en nuestra nación.
Ya ondea en el viento la pura bandera
que ha de ser el signo de la redención.
Con el brazo extendido
y la frente elevada,
trabajemos unidos
en la empresa sagrada.
La bandera sigamos,
que nos lleve a triunfar,
y, sobre ella, juremos
no parar hasta conquistar.
Isabel y Fernando
En pié, camaradas, y siempre adelante,
cantemos el himno de la juventud,
el himno que canta la España gigante
que sacude el yugo de la esclavitud.
De Isabel y Fernando
el espíritu impera
moriremos besando
la sagrada bandera.
Nuestra España gloriosa
nuevamente ha de ser
la nación poderosa
que jamás dejó de vencer.
El sol de justicia de una nueva era,
radiante amanece en nuestra nación.
Ya ondea en el viento la pura bandera
que ha de ser el signo de la redención.
Con el brazo extendido
y la frente elevada,
trabajemos unidos
en la empresa sagrada.
La bandera sigamos,
que nos lleve a triunfar,
y, sobre ella, juremos
no parar hasta conquistar.
jueves, 8 de julio de 2010
Todo un patriota
Un aluvión patriótico sacude España ante los heroicos triunfos de nuestro combinado nacional de fútbol, el cual ha llegado a muchos balcones de los hogares de Muuurcia y demás territorio patrio, donde ondean orgullosas las bandeeeras españolas.
Don Caaarlos, aficionado desde niño al deporte balompédico, no ha querido ser menos. Mostramos a continuación la preciosa bandera que ha erigido en un mástil habilitado al efecto en su balconaaada. Se trata, nada más y nada menos, que una preciosa enseña carlista, que nuestro héroe guardara durante años celosamente en de uno de los arcones del Parador, desde los tiempos en que sirviera como voluntario en un tercio de requetés carlistas que combatieron durante la Guerra Civil española, de triste recuerdo para todos.
¡Don Carlos, adalid inmortal!
De la noble Murcia, defensor,
Patriota, paladín, héroe leal,
sea nuestro eterno valedor.

Don Caaarlos, aficionado desde niño al deporte balompédico, no ha querido ser menos. Mostramos a continuación la preciosa bandera que ha erigido en un mástil habilitado al efecto en su balconaaada. Se trata, nada más y nada menos, que una preciosa enseña carlista, que nuestro héroe guardara durante años celosamente en de uno de los arcones del Parador, desde los tiempos en que sirviera como voluntario en un tercio de requetés carlistas que combatieron durante la Guerra Civil española, de triste recuerdo para todos.
¡Don Carlos, adalid inmortal!
De la noble Murcia, defensor,
Patriota, paladín, héroe leal,
sea nuestro eterno valedor.

miércoles, 7 de julio de 2010
Los huevos hacen verdaderas maravillas
Menos mal que algunos mitos, algunas referencias, no se nos caen. Si no, ¿qué nos quedaría? ¿Cómo sobrevivir? Con su peluca de pelo negro ¿teñido?, el héroe no nos olvida y regresa este verano con otro 'hit hot'. Para él no pasa el tiempo. Letras ingeniosas con fina ironía. ¡Bravísimo!
jueves, 1 de julio de 2010
Breve nota aclaratoria de don Carlos
Trascribimos integramente nota urgente remitida por el gabinete de relaciones con la prensa de nuestro adalid, para su inmediata publicidad:
"Estimados conciudadanos:
Desde mi lecho, aún convaleciente de unas fiebres que no menoscabarán mi intención de serviros durante muchos años más, he de salir al paso del atropello con energía, con lo que dicto y mando publicar el presente edicto.
Sepa el que esto lea que unos periodistas mal intencionados, con la abyecta intención de hacer daño y de obtener contraprestaciones económicas, han filtrado a la luz pública una foto mía obtenida el año 1999, con la que se atreven a chantajearme y acusarme de tener las manos largas; de abusar de mi posición para obtener favores de mis abnegadas enfermeras, sirvientas y del servicio en general, que tan diligentemente me ha atendido durante años.

Niego tales acusaciones, y valientemente muestro la foto dicha porque no tengo nada de qué esconderme. No cedo ante los viles y huelga decir que en el momento inmortalizado por la cámara del cobarde paparazzi, desde mi silla de ruedas únicamente buscaba el apoyo de mi asistenta, a la que sólo requería para que me trajera el ABC. Escóndase en su cueva la alimaña donde yo no la encuentre, pues ante una futura mentira de este tipo, una calumnia similar, me veré obligado a cambiar de actitud. A verbis ad verbera. No digo más.
Recibid las bendiciones de vuestro paladín, siempre constante en el servicio a su pueblo, que tanto bien y amor le dedica cada día a la misma hora de la tarde desde hace años.
Don Carlos, dado en Murcia, a las veintidós horas y treinta minutos del uno de julio del año dos mil diez de la era cristiana."
"Estimados conciudadanos:
Desde mi lecho, aún convaleciente de unas fiebres que no menoscabarán mi intención de serviros durante muchos años más, he de salir al paso del atropello con energía, con lo que dicto y mando publicar el presente edicto.
Sepa el que esto lea que unos periodistas mal intencionados, con la abyecta intención de hacer daño y de obtener contraprestaciones económicas, han filtrado a la luz pública una foto mía obtenida el año 1999, con la que se atreven a chantajearme y acusarme de tener las manos largas; de abusar de mi posición para obtener favores de mis abnegadas enfermeras, sirvientas y del servicio en general, que tan diligentemente me ha atendido durante años.

Niego tales acusaciones, y valientemente muestro la foto dicha porque no tengo nada de qué esconderme. No cedo ante los viles y huelga decir que en el momento inmortalizado por la cámara del cobarde paparazzi, desde mi silla de ruedas únicamente buscaba el apoyo de mi asistenta, a la que sólo requería para que me trajera el ABC. Escóndase en su cueva la alimaña donde yo no la encuentre, pues ante una futura mentira de este tipo, una calumnia similar, me veré obligado a cambiar de actitud. A verbis ad verbera. No digo más.
Recibid las bendiciones de vuestro paladín, siempre constante en el servicio a su pueblo, que tanto bien y amor le dedica cada día a la misma hora de la tarde desde hace años.
Don Carlos, dado en Murcia, a las veintidós horas y treinta minutos del uno de julio del año dos mil diez de la era cristiana."
¡Música, Maestro!
Nada se ha dicho, hasta la fecha, de los gustos musicales de Don Caaarlos. Don Caaarlos, válgame la redundancia, como hombre de batalla, se apegó pronto a los gustos musicales tabernarios, a la copla, al flamenco, y al cantar más popular que iba de boca en boca. Fueron sus viajes internacionales, compromisos políticos y belicosos, los que le llevaron a nuevas orillas donde conoció nuevas músicas, ¡y como no!, nuevos amores.
Quiero rescatar de la memoria el tóóóórrido romance que mantuvo nuestro Don Caaarlos con la cantante principal del legendario grupo musical "The Faith Tones", Tira Eos (es la primera de la izquierda, se la reconoce por un muy disimulado cardado).

Entre las amistades de Don Caaarlos podemos encontrar figuras del cante como Richard (nombre artístico) con el que mantuvo una bella amistad y muuuuuuchas tardes de vino dulce en el legendario "Yerbero" de la capital murciana. Adjunto imagen de una carátula de sus innumerables discos.

Eran conocidos también sus paseos por el centro a ritmo de copla dándole a las palmas y piropenado a las paseantas.
Quiero rescatar de la memoria el tóóóórrido romance que mantuvo nuestro Don Caaarlos con la cantante principal del legendario grupo musical "The Faith Tones", Tira Eos (es la primera de la izquierda, se la reconoce por un muy disimulado cardado).

Entre las amistades de Don Caaarlos podemos encontrar figuras del cante como Richard (nombre artístico) con el que mantuvo una bella amistad y muuuuuuchas tardes de vino dulce en el legendario "Yerbero" de la capital murciana. Adjunto imagen de una carátula de sus innumerables discos.
Eran conocidos también sus paseos por el centro a ritmo de copla dándole a las palmas y piropenado a las paseantas.
sábado, 5 de junio de 2010
Denuncia contra don Caaarlos
Recientemente se ha sabido que Don Caaarlos ha sido denunciado formalmente por una de sus asistentas sanitarias.
Alega la mujer que al entrar en el Parador, para cubrir su turno nocturno, Don Caaarlos la espera montado sobre su silla motorizada en la estancia donde descansa, la habitación de la balconaaada; y al abrir la puerta, se lanza a la carrera en dirección a la entrada en busca de la joven.
La cosa no queda aquí, la defensa de don Caaarlos se complica al haberse sabido que no porta ropas ningunas en su impaciente espera, y que además, inexplicablemente, se halla totalmente embravecido. Hecho que multiplica los miedos de la joven sanitaria.
Pese a este pésimo comienzo, no podemos olvidar que la egregia figura es faro de moral y educación y no tiene para la joven malicias ningunas. Todos sus deseos se limitan a pasearla en su regazo montados en su silla motorizada, desnuda si permite, por las calles peatonales de la ciudad, a despiadada velocidad, y bien entrada la madrugada. Gritando él los lemas militares que tanto le han acompañado en las batallas y en la defensa de su ciudad.
La ciudad entera espera que todo quede en nada. Porque sin Don Caaarlos todo es nada.
En traperia, plateria, santo domingo y demás calles aledañas, ya se han acostumbrado al asunto y a su paso, le lanzan flores y acarician a la joven, cual trofeo. Espero que solo cual trofeo.
Alega la mujer que al entrar en el Parador, para cubrir su turno nocturno, Don Caaarlos la espera montado sobre su silla motorizada en la estancia donde descansa, la habitación de la balconaaada; y al abrir la puerta, se lanza a la carrera en dirección a la entrada en busca de la joven.
La cosa no queda aquí, la defensa de don Caaarlos se complica al haberse sabido que no porta ropas ningunas en su impaciente espera, y que además, inexplicablemente, se halla totalmente embravecido. Hecho que multiplica los miedos de la joven sanitaria.
Pese a este pésimo comienzo, no podemos olvidar que la egregia figura es faro de moral y educación y no tiene para la joven malicias ningunas. Todos sus deseos se limitan a pasearla en su regazo montados en su silla motorizada, desnuda si permite, por las calles peatonales de la ciudad, a despiadada velocidad, y bien entrada la madrugada. Gritando él los lemas militares que tanto le han acompañado en las batallas y en la defensa de su ciudad.
La ciudad entera espera que todo quede en nada. Porque sin Don Caaarlos todo es nada.
En traperia, plateria, santo domingo y demás calles aledañas, ya se han acostumbrado al asunto y a su paso, le lanzan flores y acarician a la joven, cual trofeo. Espero que solo cual trofeo.
Don Carlos. Última hora.
Debido a los excelentes cuidados que su solícita enfermera le proporciona, la salud de nuestro protectoooor ha mejorado considerablemente. De tal manera, que sintiéndose un campeón, ha decidido trasladarse en su helicoptero-uci a un lugar de la costa italiana, cuya identidad no revelaremos en aras a su seguridad. Allí pasará unos pocos días de asueto, pues no puede abandonar mucho tiempo a esa Muuuuurcia que le ama y le reclama.
Para alegría de sus admiradores adjuntamos a esta nota una instantánea tomada hace unas horas. La mañana era tan soleada, que el insigne ha decidido abandonar su silla de ruedas por un instante para darse un remojón. Pueden apreciar, y así desmentimos a lenguas viperinas, como don Caaaarlos no ha perdido ¡para nada! ni su alegria por la vida, ni su instinto depredador y sorpresivo que tanta gloria le ha dado en la bataaaaalla.
Para alegría de sus admiradores adjuntamos a esta nota una instantánea tomada hace unas horas. La mañana era tan soleada, que el insigne ha decidido abandonar su silla de ruedas por un instante para darse un remojón. Pueden apreciar, y así desmentimos a lenguas viperinas, como don Caaaarlos no ha perdido ¡para nada! ni su alegria por la vida, ni su instinto depredador y sorpresivo que tanta gloria le ha dado en la bataaaaalla.
martes, 27 de octubre de 2009
Siete de la tarde, Parador del Rey (4ªparte)
Tras su saludo una eterna llúuuuuuvia de pétalos de rosas caen a la balconaaaaaaaaaaada y sobre la réplica coloreando y perfumando la estancia destinada al saludo.
La multitud enloquecida se deshace en elogios, vítores, y braaaaaaavos para don Caaaaaaaaarlos. No cesan en sus gritos pese a la retirada de la réplica y el cierre del balcón (por otra parte obligado pues se perdería la necesaria temperatura de la habitación para el mantenimiento y vida del que fue, es todavía, y ha de seguir siendo).
Las gentes, algunas venidas de tan lejos, no se sacian con la sola aparición de la réplica y pueden estar durante hooooras pidiendo y rogando a Don Caaarlos que aparezca. Los días que hace bueno y nuestro Don Caaarlos amanece risueño y comprensivo se abre una pequeña ventana de la balconada y nuestro siempre protector esputa con la gracia y maneras que le caracterizan a la multitud. El/la/los/las agraciados por el salivazo conservan en su ropa o en su piel tal insigne condecoración tanto como pueden. Es un inmenso honor, que al menos una vez en la vida, y al menos un miembro de cada familia murciana, se vea elegido para portar la sublime esencia.
La multitud enloquecida se deshace en elogios, vítores, y braaaaaaavos para don Caaaaaaaaarlos. No cesan en sus gritos pese a la retirada de la réplica y el cierre del balcón (por otra parte obligado pues se perdería la necesaria temperatura de la habitación para el mantenimiento y vida del que fue, es todavía, y ha de seguir siendo).
Las gentes, algunas venidas de tan lejos, no se sacian con la sola aparición de la réplica y pueden estar durante hooooras pidiendo y rogando a Don Caaarlos que aparezca. Los días que hace bueno y nuestro Don Caaarlos amanece risueño y comprensivo se abre una pequeña ventana de la balconada y nuestro siempre protector esputa con la gracia y maneras que le caracterizan a la multitud. El/la/los/las agraciados por el salivazo conservan en su ropa o en su piel tal insigne condecoración tanto como pueden. Es un inmenso honor, que al menos una vez en la vida, y al menos un miembro de cada familia murciana, se vea elegido para portar la sublime esencia.
jueves, 15 de octubre de 2009
Siete de la tarde, Parador del Rey (3ª parte)
La multitud enfervorecida aclama a su salvador, a su caudillo, y alza sus brazos hacia la torre llamándolo, aclamándolo y diciéndole toda suerte de elógios y agradecimientos. La réplica, tras su aparición de detrás de las cortinas isabelinas, con su siniestro y ruidoso mecanísmo, se pone frente al barandal de la balconaaaada y alza su brazo en chirrioso y giratorio movimiento contestando y contentando a los allí reunidos.
Son diez minutos los que pasan desde que la réplica sale a la balconaaaada y eleva su brazo para saludar. Tras un minuto ininterrumpido de este movimiento al que sus mecánicos han sabido en llamar “el masturbador”, se activa también el segundo y último movimiento de la réplica, un movimiento giratorio de cintura que hace que Don Caaaarlos salude en todas direcciones.
En la memoria de todos está el día en que la réplica (Parador del Rey, 1969, no se facilitará la fecha exacta a fin de que no se profundice en la escabrosidad de lo acontecido) estando escasamente engrasada, salió para el saludo y en pleno ejercicio salió una chispa fatal de los engranajes y discos de la cintura que enseguida prendió el traje. El fuego se extendió a toda la replica en cuestión de segundos. Así las cosas, el fuego afectó al resto de mecanismos y provocó, lo que todos temían, que ejecutase los movimientos (giratorio y masturbador) a diabólica velocidad, lo que aceleró el incendio de todo el muñeco. La imagen era siniestra y espantosa, la multitud jaleando y gritando que lo detuvieran mientras éste les saludaba a toda velocidad esparciendo su uniforme hecho jirones y en llamas.
Don Caaaaarlos, al percatarse de la situación, salio enloquecido de su habitación en su silla de ruedas y, sable en mano, apagó a su réplica a sablazos mientras lloraba por tal monstruosa situación.
Aquella tarde acabó en aplausos y vítores para Don Caaaaaaarlos, como no podía ser de otra manera. Su gallardía y saber hacer salvaron al edificio de ser pasto de las llamas.
La réplica carbonizada acabó como una Venus descabezada expuesta en el Museo de la Ciudad, donde todavía se conserva.
Son diez minutos los que pasan desde que la réplica sale a la balconaaaada y eleva su brazo para saludar. Tras un minuto ininterrumpido de este movimiento al que sus mecánicos han sabido en llamar “el masturbador”, se activa también el segundo y último movimiento de la réplica, un movimiento giratorio de cintura que hace que Don Caaaarlos salude en todas direcciones.
En la memoria de todos está el día en que la réplica (Parador del Rey, 1969, no se facilitará la fecha exacta a fin de que no se profundice en la escabrosidad de lo acontecido) estando escasamente engrasada, salió para el saludo y en pleno ejercicio salió una chispa fatal de los engranajes y discos de la cintura que enseguida prendió el traje. El fuego se extendió a toda la replica en cuestión de segundos. Así las cosas, el fuego afectó al resto de mecanismos y provocó, lo que todos temían, que ejecutase los movimientos (giratorio y masturbador) a diabólica velocidad, lo que aceleró el incendio de todo el muñeco. La imagen era siniestra y espantosa, la multitud jaleando y gritando que lo detuvieran mientras éste les saludaba a toda velocidad esparciendo su uniforme hecho jirones y en llamas.
Don Caaaaarlos, al percatarse de la situación, salio enloquecido de su habitación en su silla de ruedas y, sable en mano, apagó a su réplica a sablazos mientras lloraba por tal monstruosa situación.
Aquella tarde acabó en aplausos y vítores para Don Caaaaaaarlos, como no podía ser de otra manera. Su gallardía y saber hacer salvaron al edificio de ser pasto de las llamas.
La réplica carbonizada acabó como una Venus descabezada expuesta en el Museo de la Ciudad, donde todavía se conserva.
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